2013
Existen determinados lugares marcados por historias oscuras, que parecen albergar algún tipo de desgracia o mal augurio permanente. Nuestras compañeras Lala y Beatriz nos muestran uno de esos enclaves “malditos”, situado en las entrañas de Venezuela, donde varias historias tenebrosas se suceden en el tiempo.
De camino a este lugar tenebroso y escondido en las montañas de Miranda, sientes la presencia de alguien que te mira entre los tupidos follajes; rostros, ojos y bocas se ocultan esperando el momento indicado para marcar tu destino y ser parte de los muchos relatos que se cuentan de este lugar. La naturaleza se confabula para que el intruso se sienta incómodo, porque su principal propósito es echarte de esas solitarias tierras místicas llenas de encantados y cuentos de aparecidos que se suceden uno tras otro, el ambiente cargado y místico te sugestiona y te debilita absorbiendo tu energía, cargas negativas surgen de sus calladas aguas, y del entorno misterioso la mezcla de un sinfín de sonidos difíciles de precisar; aullidos de lobos, felinos, chillidos de aves, hasta quizás gritos humanos que se pierden en su inmensidad en un eco profundo y lúgubre.
El primer relato y creemos el más tenebroso, nos lo contó el Guarda-parques, diciéndonos que hace muchos años secuestraron a una mujer a la que arrastraron por este solitario paraje, estaba embarazada y fue violada por sus secuestradores, quienes luego la mataron y descuartizaron, aventando sus restos a las tenebrosas aguas del dique donde desapareció. Al pasar el tiempo los lugareños comenzaron a decir que escuchaban un extraño llanto acompañado de prolongados gritos, y que de sus aguas surgía una imagen pálida y ojerosa de una mujer, al acercarte se podía ver que llevaba en sus brazos un ensangrentado feto, ambos lloran sin consuelo y sus rostros desfigurados causan temor penando sin descanso apareciendo en el momento menos esperado, no te habla, solo te mira con odio, su llanto estremece y enloquece.
El segundo relato ocurrió por los años setenta, cuando una avioneta perdió el rumbo y cayó en las silenciosas aguas de la represa del dique, al acercarse los guardias lo único que vieron emerger de sus aguas fue la punta de una aleta, nadie pudo rescatar a los tripulantes, pues se fue hundiendo poco a poco desapareciendo por completo, nunca nadie más los encontró, ya que dicen que el dique es más profundo de lo que se espera y su fondo es como arena movediza, por eso es que pocos se atreven a nadar en sus aguas, y los que lo hacen, siempre son presas de sensaciones paranormales; escuchan que los llaman, cuando emergen a la superficie algo o alguien los toca y los arrastra violentamente hasta el fondo, confundidos con el remolino que los envuelven perciben imágenes fantasmales nadando junto a ellos, y solo cuentan la historia los que portan algún amuleto protector o una cruz bendita, que los salva de los encantados del agua.
El tercer relato se refiere a un antiguo vigilante del dique quien era muy escéptico, hasta que un día se quedó solo porque su
compañero de guardia enfermó repentinamente. Antes de la media noche escuchó que los perros guardianes ladraban lastimeramente, salió a reprenderlos exigiéndoles silencio, tenían la cola entre las piernas como si algo los asustara, pero nuestro escéptico amigo no se percató de esta señal que indicaba que algo no estaba bien, pues ellos ven cosas que los ojos humanos no pueden o no alcanzan a distinguir, así que el evento se repitió tres veces consecutivas, cuando se disponía a castigar a los perros, vio al fondo del follaje a una mujer de largos cabellos negros sin llegar a tocar el suelo, la cual al hacer contacto visual extendió sus brazos hacia el incrédulo gritando tan siniestramente que lastimó sus tímpanos perpetuándose en el eco, y sin poderlo resistir, cayó de rodillas tapándose los oídos, y así lo agarró al amanecer, abrazado en sí mismo presa del pánico jurando que jamás regresaría a ese lugar encantado.
Cuarto y último relato pero no menos interesante, es de una testigo quien nos manifestó que un día junto a un grupo de amigos y familiares fueron hacer un almuerzo junto al dique, alguien, no sabe en que momento, se lanzó al prohibido dique y manifestaba estarse ahogando emergiendo de sus aguas con sus brazos en alto pidiendo auxilio, cuando su esposo se quita apresuradamente la camisa y los zapatos para rescatar al atrevido, alguien se lo impide agarrándolo por el brazo y le dice: ¡No entres en esas aguas, porque ese que se ahoga es un encantado, y solo quiere que entres para arrastrarte a su
fondo y seas tú la verdadera víctima, pues ellos se alimentan de tu miedo y desesperación. Yo mismo fui engañado por esos encantados, pues en una oportunidad me lancé desesperado al ver a una muchacha que se ahogaba, lo único que pude alcanzar fueron sus largos cabellos porque se hundía y solo extraje podridas algas en vez de cabellos, un viejo cuidador del dique dijo que me salvé por mi cruz bendita!. En ese mismo instante el espejismo desapareció y todos quedaron atónitos con la visión dejando sobre la superficie un deforme tronco que flotaba a la deriva, por lo que sin pensarlo dos veces recogieron sus cosas y se marcharon de ese lugar para no regresar nunca más.
Círculo de Miedo te invita a conocerlo y sentir su cargada atmósfera de soledad y mutismo, donde las almas y entes pueden estar a tu lado sin que te des cuenta, solo el escalofrío que recorre tu cuerpo te alertará de su presencia y quizás veas en sus calmadas aguas de cambiantes tonos, rostros que quizás pertenezcan a todas esas almas que han perecido en ese lugar, ya que se cuenta que este lugar se
presta por su lejanía a hechicerías y rituales cuyos mágicos trabajos se esconden en el fondo de sus aguas, ya que por experiencia propia fuimos víctimas de los encantados que no nos querían allí surgiendo una repentina niebla acompañada de una pertinaz llovizna que cesó de pronto al comenzar con las oraciones de protección y exorcismo. Escuchábamos en la espesura gritos desesperados, aullidos y oraciones malditas, comenzaron a llamarnos y a dispersarnos, un sentimiento de tristeza se apoderó de nosotros, las cámaras comenzaron a fallar y el péndulo con el que liberábamos las energías, giraba sin control, supimos entonces que era el momento de marcharnos.
Lala y Beatriz Ferreira Goncalves







































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